Asfixia de patio

Podría pararme en las tuberías, esos cables de hierro que rompen la foto al tratar de escapar de ella. O quizá simplemente sujeten al edificio para que este no ceda bajo su propio peso, como una camisa de fuerza que abraza una estructura precaria, incapaz de mantenerse en pie. Lo cierto es que desconozco su función. Diría que es curioso cómo en mis 25 años nunca me había fijado en los insignificantes detalles que recluyen mi casa, pero ya he leído suficientes textos sobre revelaciones cotidianas producto del confinamiento. 

No, no estoy aquí para hablar de las tuberías. Ni tampoco de las ventanas, totalmente blindadas a prueba de cualquier visitante indeseado. Aunque sí me gustaría pararme en la del tercer piso a la derecha, la única que permanece entreabierta, protegida por una vieja cortina de encaje. Me resulta curiosa su disposición; al fin y al cabo, resulta lógico pensar que está abierta para que corra el aire, pero el grueso algodón frena cualquier bocanada dispuesta a alterar el anómalo descanso. No es la única que me llama la atención. La ventana del primer plano no solo se aferra fuertemente a sus cierres, sino que se encuentra custodiada por una persiana y una cortina, fieles en su defensa. Pero en su caso creo que solo trata de impedir que se cuele alguna grieta, como tratando de frenar así la inevitabilidad del tiempo. En fin, también puede que simplemente se resguarde de la mirada de un vecino cotilla que les observa una fresca tarde de abril. 

Hace frío. La luz posee un leve tono azul que contrasta con el compacto gris del cielo. Creo que hay alerta de lluvia –de verdad, no es por jugar con el tópico gallego–, por lo que la ropa lavada, como sus dueños, permanece escondida. Los únicos atrevidos son los vecinos del 4º, ajenos a las nubes que observan desde el final de las tuberías. De todas maneras, no tienen nada que perder. Del tendal derecho cuelga un trapo verde que inunda el patio con un penetrante olor a lejía, aroma estrella de esta clausura impuesta. Tras él, unas deslucidas medias con apariencia ósea yacen olvidadas, recordando viejos paseos sin rumbo aparente. A la izquierda, el desmesurado número de toallas raídas es fiel reflejo de la obsesión pandémica por la higiene. Y es que, como bien sabemos, si el virus decide adherirse al cuerpo no hay mejor forma de ahuyentarlo que con un poco de agua y jabón. Quién nos diría que la alcachofa de la ducha sería el arma más eficaz para poner fin a una imprevisible guerra.  

Y eso que aquí estamos resguardados. Si os fijáis en el reflejo, podréis ver que a escasos metros del patio otro edificio imposibilita la huida, y me aísla de la silenciosa batalla que se lucha en la calle. Así, el presente ha quedado reducido a la contemplación de una estática realidad entre paredes desgastadas, donde el vaivén de la ropa mecida por el viento cuenta el fútil paso de las horas. Es claustrofóbico. Esta calma intranquila que perfora los oídos y oprime el pecho solo se ve alterada por el eventual grito de alguna gaviota hambrienta, ajena a la silenciosa soledad humana. Tic Tac.

Es tarde, la oscuridad se vuelve cada vez más plomiza y comienza a cubrir el edificio con un manto sombrío, escondiéndolo de mis curiosos ojos. Las ventanas permanecen cerradas, las tuberías se mantienen erguidas. La gente en sus casas y la amenaza libre. La luz azul se vuelve negra y mis pies deciden entrar en casa, de nuevo. Me giro. A una nube se le escapa una lagrimilla. Hasta ellas se compadecen de nosotros. O quizá se esté riendo de este absurdo, quién sabe. Un coro de persianas señala la llegada de la noche y las toallas aplauden el fin de la función, azuzadas por el viento húmedo. Menos mal que mañana es otro viejo día. 

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