Insomnio

Esta fotografía es de hace aproximadamente un mes, y la mujer que observa la cámara sosteniendo la mirada es mi abuela, Jovita. Dos semanas antes de tomar la foto, me encontraba de camino a la estación de tren de Coruña con una maleta bajo el brazo, dispuesto a pasar unos días de descanso antes de volver a Madrid y embarcarme, de nuevo, en la búsqueda de trabajo. 

Como era la primera vez que volvía a casa sin el tiempo en mi contra, decidí subir a la aldea y pasar unos días con mi abuela. Su casa, algo separada del resto del pueblo, fue levantada hace más de dos siglos, y he de reconocer que nunca me he sentido del todo cómodo durmiendo entre sus anchas paredes. Cada piedra –amarronada, como formada por arena de alguna playa no muy lejana– esconde incontables historias, y el viento que las acaricia en las frías noches parece narrar quejidos pasados. El aullido de algún perro vecino, los crujidos de la escalera de madera o el mismo mecer de los imponentes eucaliptos que rodean la casa me despiertan constantemente, y conciliar el sueño resulta una titánica tarea.

En esta achatada casa, como un viejo encorvado y quejumbroso, de tejado oscuro y pequeñas ventanas para guardar el calor, se ha escrito gran parte de mi historia familiar. En el salón se encontraban hace años las cuadras de los animales, una disposición que estaría ahora vetada por cualquier autoridad competente en materia sanitaria. El comedor era antes la forja, lugar de trabajo de mi tatarabuelo José hasta que murió desangrado tras cortarse en el rejacho –riachuelo– afilando las fouciñas –hoces–. La cocina cuenta con una protuberancia abovedada que en el pasado cumplía la función de horno, pero el único fuego que ilumina hoy sus oscuras piedras es el de las velas que mi madre enciende para combatir la humedad que exudan sus paredes.  

No, dormir entre semejante estruendo no es fácil. Además, mi habitación es el antiguo faiado, buhardilla con escasa luz natural donde un santo de madera me hacía correr despavorido escaleras abajo siempre que trataba de hacerme el valiente entrando allí. Cuando era pequeño, recuerdo que me aterraba la idea de ir al baño solo, ya que mientras subía las empinadas escaleras me observaban con ojos vidriosos gente de otra época, atrapados en un sobrio marco de madera oscura. Cada espejo de la casa –y había muchos– parecía devolverte la inquisitiva mirada de alguna pariente sombría. 

Para combatir mis miedos infantiles, Jovita –inconscientemente– actúa de protección contra cualquier temor físico y espiritual. El estruendo que proviene de su habitación cada noche, producto de su afición por la telerrealidad, resulta balsámico para mis oídos, y sus ornamentos cristianos espantan cualquier ente místico que se atreva a vagar en la penumbra. Tras una última mirada a la verja que cerca la casa, al final del camino, mi abuela cierra diligentemente las contraventanas con la amenaza crepuscular, impidiendo así la entrada de cualquier mal. Ella no lo sabe –tampoco se lo he dicho–, pero su osadía natural frente a los entes nocturnos que recorren los bosques cercanos me resulta admirable.  

Tras la larga noche, y ataviada con falda y jersey, las tareas cotidianas apremian. En invierno, la escasa luz reduce el tiempo aprovechable, y las horas se suceden rápidamente entre cacareos de gallinas y grelos maduros esperando a ser recogidos. Para paliar el frío, nada mejor que un tronco como el de la foto ardiendo en la chimenea tras ser partido en varios pedazos, víctima de los hachazos de Jovita.

La vida no ha cambiado mucho para mi abuela en este último mes. El sol baña el lóbrego tejado de pizarra durante más horas, y la casa comienza a desembarazarse del gélido abrazo invernal. Sin embargo, todo es diferente. Cuando tomé la foto no podía imaginar que mi ata logo se alargaría en el tiempo indefinidamente, ni que los 40 kilómetros que nos separan se volverían inabarcables bajo el asedio de un mal que, como los espíritus que alteran mis sueños, permanece invisible. Mi abuela sigue cortando leña, más frustrada que asustada. La muerte no le preocupa especialmente, ya que la relación con la parca siempre ha sido fluida en esta esquina del mundo. La soledad, en cambió, sí. Y mientras que los días crecen y los árboles se acercan un poco más al cielo, mi abuela se consume lentamente en un aislamiento impuesto, ajeno a ella. 

Gracias por cogerme el teléfono a las 11 de la noche un sábado para comprobar si el tatarabuelo José se había rajado en el río, en la forja, o en el Molino de la Peseta, como decía tu hijo. Es cierto que me has robado parte del dramatismo de la historia, pero a cambio he recibido una preciosa lección sobre cómo afilar herramientas a orillas del río. Se hace tarde, creo que voy a volver a llamarte, no vaya a ser que termines encariñándote de esos personajes que gritan desde la pantalla al caer el sol. Que por muy de carne y hueso que sean, no dejan de ser irreales. Como esta situación que, sorprendentemente, nos ha tocado vivir.

Un abrazo telemático, Jovita, abuela. 

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