Libertad de balcón

El abrupto cerrar de una ventana ha resultado ser el medidor de temperatura más fiable. Es mediados de mayo y he salido a escribir a la terraza. La casa de mis padres, un primer piso en un barrio de A Coruña, cuenta con un espacio abierto de baldosa roja que cumple la función de tendedero-invernadero —para nosotres— y de eventual basurero —para el resto del edificio—. Hasta que el golpe sordo me ha sobresaltado, prácticamente el único ruido que se escuchaba eran los quejidos de unas palomas hambrientas, forzadas a una estricta dieta producto del confinamiento. El silencio era la principal melodía de este patio, condimentado con el eventual aleteo de algún chándal golpeando el edificio. 

Miro arriba, tratando de culpar a alguien de mi repentina taquicardia. Fracaso. Allí solo hay nubes, un amasijo deforme de tono blanquecino mecido por el viento. Cierro los ojos y cojo aire, con la esperanza de que mi cerebro se oxigene lo suficiente como para ser capaz de ordenar todas estas palabras. El móvil se ilumina y mi concentración se escapa con las nubes. 19:55. “Para la hora que es, contesto esto y ya me pongo después de los aplausos”, proclama mi cerebro. Y así, las horas pasan entre pequeñas acciones que legitimen la procrastinación. Aplausos. De nuevo, levanto la mirada y me uno a este coro popular, mientras un vecino conecta el micrófono y se pone a cantar una letra antigua entre vítores comunales. Ya no cierra su actuación con un “yo me quedo en casa”; el confinamiento ha terminado y las calles recuperan un trasiego perdido. Se hace de noche y entro en casa, con el frío al cuello. Abro de nuevo el ordenador.

1 de mayo. La foto fue tomada en la parte de la casa opuesta al patio, de cara a la avenida. Furtivamente. Al vivir en un primer piso resulta sencillo pasar desapercibido, por lo que no dudé en coger la cámara y ponerme a disparar. Ese viernes fue el último día antes de la neonormalidad, tras casi dos meses fieles a la cita diaria con el vecindario. La calle no es la misma sin sus señoras de pelo merengado que, carrito en mano, marcan el comienzo de la mañana. Nosotres tampoco. Con cada aplauso tratamos de liberarnos de un letargo impuesto, de eludir esa hibernación que ha invadido la primavera. De vencer al miedo, sí, y también a esa culpa que nos invade por estar decaídes sin justificación aparente. Un clapido conjunto, como una plegaria dirigida a los ánimos de quien nos está salvando. Para que aguanten.

Siempre que volvía a casa desde mi piso interior en Madrid me quejaba de la falta de balcones. “Es que aquí no se aprovechan más que dos días de sol”, sentenciaba mi madre. Las últimas semanas, sin embargo, me han dado la razón. Patios, balcones y terrazas se han convertido en el escenario donde representar el absurdo de nuestras vidas, o mejor aún, en el lienzo donde retratar una imaginativa fábula vecinal. Está la diseñadora gráfica, con su jersey a rayas y su tabaco de liar, que sufre de insomnio por culpa de su afición nocturna al cine francés; la joven pareja —o expareja unida por la cuarentena, según el día— de treintañeros atractivos, y el árbol de Pocahontas, transformado en una tierna abuelita hippie de diminutos ojos y cándida sonrisa. A veces también sale el tenorio divorciado, con aires chulescos y una bata de playboy, pero su mito se esfumó el día que lo escuché comunicarse con otro espécimen a través de sonoros gruñidos.

Los balcones nos han proporcionado una libertad negada en la calle. Entre sus verjas metálicas se ha construido un privilegiado refugio, una escapatoria de la cruda realidad, y para algunes —les que menos, espero—, un panóptico con el que controlar al mudo asfalto. ¿Crees que van a seguir ahí cuando todo esto pase? “Resistiré”, grita un confiado. Y eso que ya no son las 8. 

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